Visitar Marruecos, punto de encuentro entre Oriente y Occidente
Muy cerca de Europa, Marruecos despierta la imaginación desde el primer momento. Las grandes promesas de Oriente se concentran en este territorio que invita a la evasión. La energía constante de Marrakech contrasta de forma radical con la quietud absoluta del desierto.
Ciudades con marcada personalidad y encanto auténtico
Marrakech, el gran imán turístico
Las urbes marroquíes destacan por su fuerte carácter y su belleza singular. Es obligatorio pasear por Marrakech, aunque solo sea para contagiarse del pulso de la plaza Jemaa-el-Fna. Conviene acercarse al emblemático jardin Majorelle, que fuera la residencia de Yves Saint Laurent, y a la Medersa Ben-Youssef, la escuela coránica más grande del país. El bullicio de los zocos y de la medina, un laberinto de callejuelas declarado patrimonio por la Unesco, resulta ineludible.
Casablanca, Fez y Mequinez, tres caras de un mismo país
La ruta puede continuar en Casablanca para contemplar sus notables edificios de estilo morisco y art déco, además de la imponente mezquita Hassan II. Situada frente al océano Atlántico, la capital económica del territorio concentra una intensa actividad con numerosos restaurantes, propuestas culturales y planes por hacer.
La ciudad de Fez atrae sobre todo por su entramado urbano, considerado uno de los laberintos más complejos del mundo. Conviene caminar sin rumbo fijo y dejarse sorprender a cada paso. Cada mes de junio, la localidad acoge un reconocido festival internacional de música sacra.
Entre los tesoros marroquíes sobresale asimismo Mequinez, una ciudad imperial salpicada de puertas monumentales y dotada de un atractivo muy particular.
La inmensidad silenciosa del desierto del Sahara
Los paisajes áridos ejercen desde siempre una fascinación magnética. El Sahara no es una excepción, ya que representa la extensión de arena más célebre del planeta.
Dunas hasta donde alcanza la vista
Una travesía en dromedario por las crestas del erg Chebbi deja una huella imborrable, en especial cuando el sol se esconde en el horizonte y tiñe la arena de tonos rosados. También merece la pena adentrarse en el erg Chigaga al caer la tarde para contemplar un cielo estrellado de gran nitidez.
Testigos de otra época
Otro recorrido imprescindible lleva hasta el valle del Draa, que desciende desde Ouarzazate hacia los confines desérticos. En el trayecto aparecen las ciudadelas de adobe de Timidarte, Zagora o Agdz. Al caer la noche, lo ideal es alojarse en una casbah: estas antiguas paradas de las caravanas comerciales funcionan hoy como acogedores alojamientos rurales.
Las cumbres frondosas de la cordillera del Atlas
En el centro del país, el paisaje cambia de registro de manera drástica. La tierra se eleva para dar forma al macizo del Atlas, donde domina la vegetación, los otoños dejan borrascas frecuentes y los picos más altos conservan la nieve durante los meses fríos.
Los aficionados al senderismo encuentran su terreno en el Alto Atlas y sus pueblos bereberes. Quienes tengan mayor experiencia física pueden incluso intentar la ascensión al monte Toubkal, que con sus 4167m se erige en el techo del norte de África. Tras el esfuerzo, nada como saborear un té tradicional de menta o de ajenjo silvestre.
Playas pensadas para el baño y el surf
Para quienes prefieren la costa, Marruecos despliega excelentes alternativas orientadas al baño y los deportes náuticos. Enclaves turísticos como Agadir, flanqueada por extensos arenales, y Essaouira, famosa por su atmósfera relajada, invitan al descanso junto al Atlántico.
Los surfistas tienen citas fijas en los rompientes de Taghazout, Dakhla y Sidi Kaouki, arenales idóneos tanto para dar los primeros pasos como para deportistas avanzados.
Una gastronomía aromática con acento mediterráneo
La cocina marroquí se caracteriza por su profusión de especias y la fusión de herencias bereberes, árabes y mediterráneas. El cuscús, que tradicionalmente se elabora los viernes, y el tajin, cocinado a fuego lento con condimentos y frutos secos, forman parte de los indispensables. En el apartado dulce, los pasteles de almendra y miel, como las clásicas cuernos de gacela, maridan a la perfección con un té humeante.
¿Cuándo ir?
Los momentos más recomendables para viajar a Marruecos abarcan la primavera, de abril a mayo, y el otoño, de septiembre a octubre. Durante el verano, las temperaturas suelen volverse excesivas en gran parte del territorio. El invierno resulta agradable en Marrakech, aunque las temperaturas nocturnas en el desierto caen en picado.
¿Cómo llegar?
Marruecos cuenta con varios aeropuertos internacionales de relevancia: las terminales de Mohammed V en Casablanca, Menara en Marrakech y la de Fez figuran entre las principales puertas de entrada. Un vuelo de ida y vuelta ronda entre 150 y 200 €*, con una duración aproximada de 3 horas desde París.
¿Cómo moverse por el país?
El territorio cuenta con una red fiable de trenes y autobuses que conecta con eficacia las principales ciudades como Casablanca, Marrakech y Fez. Los grandes taxis, que operan de forma compartida, funcionan como alternativa para trayectos entre municipios, mientras que los pequeños taxis facilitan los desplazamientos urbanos. Para explorar zonas apartadas o parajes desérticos, se aconseja el alquiler de coche, ya que otorga mayor autonomía.