Visitar el Castillo de Praga
Una historia que se remonta a la Bohemia antigua
Símbolo absoluto de la República Checa y reconocido como el castillo medieval más grande del mundo, el Pražský hrad (Castillo de Praga) atrae cada año a millones de visitantes. Con una extensión de casi un kilómetro de este a oeste, su silueta colosal domina toda la capital checa.
Fundado en el año 870 por el primer príncipe de Bohemia, Bořivoj, su configuración actual es fruto de las reformas impulsadas por la emperatriz María Teresa de Habsburgo. Aunque una gran parte de los edificios corresponde a los antiguos apartamentos reales, el complejo alberga además jardines cuidados, pintorescas casas que datan del siglo XVI y joyas como la sublime catedral gótica de San Vito y la basílica románica de San Jorge.
Qué ver en el interior
Zlatá ulička (Callejón del Oro), conocido antiguamente como la calle de los orfebres, es una visita obligada. Fíjate en la casa número 22, donde vivió el célebre escritor praguense Franz Kafka. Al final de la calle, puedes explorar los calabozos de la Torre de Dalibor.
El primer patio se abre tras un gigantesco portal esculpido que representa el combate de los Titanes. La imponente Puerta de Matías sigue siendo la entrada más antigua del castillo. A las 12:00, el relevo solemne de la guardia, con sus uniformes azules, banda de música e izado de bandera, ofrece un espectáculo que dura unos veinte minutos.
El segundo patio alberga la Galería de Pintura y el Salón Español. Por último, el tercer patio se extiende al sur de la catedral de San Vito. Aquí se encuentra el antiguo palacio real, donde una exposición permanente detalla los eventos históricos clave del país y la cultura checa. El Salón de Vladislao, la cámara contigua y la escalera de los caballeros son espacios de una arquitectura excepcional.
Para disfrutar de su atmósfera medieval sin aglomeraciones, lo más recomendable es llegar a primera hora, antes de que comiencen a llegar los grupos organizados en autobús.
Horarios
*Información sujeta a cambios
Fui a la hora de apertura para evitar las colas. Sin visita guiada, opté por la audioguía de pago, algo indispensable a mi parecer para descubrir y entender el lugar. El castillo en sí es bonito, pero solo constituye una pequeña parte del conjunto arquitectónico, que es rico en iglesias, palacios y exposiciones. Me gustó mucho la Catedral de San Vito, que ofrece unas vidrieras suntuosas, el Callejón del Oro y la presentación de la historia del castillo en la Torre Mihulka. En cambio, la colección de pinturas de la Pinacoteca me decepcionó un poco. Reservad una buena media jornada para verlo todo.