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Descubre las playas del mar del Norte en los Países Bajos

Traducido del francés — Ver el original en francés

Unas semanas fuera del tiempo dedicadas a descubrir los Países Bajos, ¡un país donde la conexión con el mar es omnipresente!

Normalmente, solemos ir a los Países Bajos para visitar su capital, Ámsterdam, sus canales y casas de tejados a dos aguas, su barrio rojo y sus coffee-shops. Pero hay mucho más que ver en este bonito país que es Holanda, especialmente en la costa; rincones bastante desconocidos para nosotros en Francia, ¡pero que bien merecen una visita! Por eso, en julio de 2022 y con la idea de no sufrir demasiado las olas de calor que se avecinaban, decidí partir con mi mochila, mi tienda de campaña y mi coche a recorrer diferentes campings holandeses para disfrutar de los placeres costeros del mar del Norte. ¡Y fue todo un acierto!

No solo toleré mejor las olas de calor de aquel verano de 2022, sino que, además, el litoral del mar del Norte en los Países Bajos tiene mucho encanto y una historia fascinante, que invita a reflexionar sobre la gestión de la subida del nivel del mar en Europa en el contexto del calentamiento global. En resumen, ¡una bonita mezcla de naturaleza y cultura!

La historia de los Países Bajos está estrechamente ligada a la del mar. Hay que tener en cuenta que cerca de una cuarta parte del país se encuentra por debajo del nivel del mar, lo que hace que ciertas zonas, como las islas de Zelanda, sean extremadamente vulnerables a los riesgos climáticos. Esta relación de desconfianza hacia el agua y el peligro que puede representar ha moldeado los paisajes holandeses tradicionales que conocemos hoy. Los numerosos canales y estanques diseminados por ciudades y campos son estratégicos, ya que permiten bajar el nivel de los ríos. También funcionan como cuencas de retención en caso de fuertes tormentas. Además, originalmente, los molinos de Holanda se construyeron para accionar bombas cuyo objetivo era drenar ciertas partes del país propensas a la humedad y las filtraciones: los polders. ¡Una verdadera obra de ingeniería que contribuye a la reputación del país!

Todo este trabajo de gestión del agua y ordenación del territorio no solo ha permitido proteger a la población local, sino que también ha modificado profundamente el estilo de vida, de ahí la famosa expresión: "Dios creó el mundo, pero los neerlandeses crearon los Países Bajos".

Las playas de Zelanda, de dique en dique

Desde la construcción del túnel del Escalda Occidental en 2003, solo se necesitan 4 horas en coche para llegar a Zelanda desde París y 2 horas desde Lille. Por tanto, ¡la región es bastante accesible para quienes deseen cambiar de aires más allá de nuestras fronteras sin tener que ir demasiado lejos!

Primeros pasos en Zelanda

La capital de Zelanda es la ciudad de Middelburg, una localidad que data de la Edad Media y que ha sabido conservar un encanto pintoresco. Es un placer pasear por sus calles empedradas y monumentos góticos. Middelburg también alberga el Museo de Zelanda, que exhibe numerosas piezas artesanales de la región, como tapices, joyas y porcelanas. Tras este agradable desvío por tierras zelandesas, me dirijo un poco más al norte, hacia lo que había venido a buscar: ¡el mar! Ese mar del Norte que a veces tiene mala fama, entre sus aguas frías y la sobreexplotación de los fondos marinos a lo largo del tiempo por parte de las poblaciones costeras.

Comienzo mi descubrimiento en Domburg, un centro neurálgico del turismo alemán y el balneario más antiguo de Zelanda. Aquí, entre dos dunas, las playas son gigantescas: ¡kilómetros de arena blanca que no tienen nada que envidiar a las del Atlántico! Bordeadas por pequeñas y típicas casetas de playa de todos los colores, la playa de Domburg es especialmente fotogénica. Además, desde hace varios años, cuenta con el distintivo de Bandera Azul por su limpieza y la calidad de sus aguas. ¡La garantía de pasar un buen rato! Cierto es que el agua está un poco fría, alrededor de 19 grados, pero eso no impide en absoluto el baño, que resulta muy agradable e incluso vigorizante...

Las obras gargantuescas del mar del Norte

Al día siguiente, continúo mi viaje un poco más lejos, hacia Renesse, una ciudad famosa por la práctica de deportes náuticos como el windsurf o el surf gracias a su buena exposición al viento. Por el camino, me doy cuenta de la omnipresencia de diques y presas erigidos a lo largo de la costa neerlandesa, grandes montículos de tierra que se alzan entre la carretera y el litoral. ¡Cuanto menos, impresionante!

A pesar de todas las precauciones tomadas por el gobierno de los Países Bajos a lo largo del tiempo, en 1953, Zelanda sufrió un maremoto devastador que dejó una huella imborrable en la memoria del país. Con una altura que superaba en varios metros el nivel habitual del mar, esta catástrofe natural causó la muerte de 1800 personas y arrasó cerca de 200 000 hectáreas de tierra. En respuesta, ese mismo año el gobierno adoptó el Plan Delta, coordinado por el ingeniero Johan Van Veen. Todos los diques fueron elevados varios metros hasta alcanzar su altura actual. Además, el plan contempló la construcción de presas con el objetivo de lograr el cierre de todas las entradas marítimas de Zelanda. ¡Una obra titánica, considerada una de las siete maravillas del mundo moderno por la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles!

Me muero de ganas por ver de cerca todas estas infraestructuras que encarnan la lucha del hombre contra las fuerzas de la naturaleza. Y me viene como anillo al dedo, porque la ruta hacia Renesse me lleva por el Oosterscheldekering o barrera contra las mareas de tempestad del Escalda Oriental, una muralla de hormigón de 9 kilómetros que se alza entre el mar y la tierra. En caso de tormenta, 62 enormes compuertas están listas para cerrarse y proteger a la población. Es el lugar perfecto para disfrutar de Renesse con total tranquilidad, ya sea nadando, practicando windsurf o haciendo mis pinitos, con más o menos éxito, sobre una tabla de kitesurf o de paddle surf.

Las animadas localidades costeras de La Haya y Ámsterdam

Prosigo tranquilamente mi camino por el litoral neerlandés hasta llegar a tierras mucho más urbanizadas: la famosa región metropolitana de Róterdam y La Haya, ¡con sus más de dos millones de habitantes!

Paseo por la costa de La Haya

Ciudad costera impregnada de cultura flamenca y sede de varias instituciones internacionales, La Haya -o Den Haag en neerlandés- rebosa actividades. Entre las más populares destaca el paseo marítimo de Scheveningen. Con sus tiendas, cafeterías, bares y restaurantes, las playas de La Haya combinan los placeres del litoral con una calidad de servicio de primer nivel. Además, hermosos edificios adornan el frente marítimo, como la cúpula del majestuoso hotel Kurhaus, diseñado en 1918, uno de los primeros pabellones costeros que antiguamente servía como sala de conciertos. Si buscas un lugar más tranquilo para bañarte, no dudes en alejarte un poco hacia Kijkduin. Algo más apartada, la playa está rodeada de bonitas dunas donde es un placer pasear y que ofrecen un contraste encantador con los alrededores, mucho más urbanizados.

No te pierdas el muelle de Scheveningen, el Pier. Dar una vuelta en la noria de 60 metros de altura permite disfrutar de unas vistas preciosas de la bahía, de la ciudad de La Haya y de sus monumentos. Cerca de allí, para descubrir cómo era Scheveningen a finales del siglo XIX, dirígete al Panorama Mesdag. Hendrik Willem Mesdag es uno de los pintores imprescindibles de La Haya y, en general, de los Países Bajos. El panorama es su obra más conocida: un inmenso lienzo de 120 metros de largo por 4 metros de alto que se despliega en rotonda por las paredes y te da la sensación de estar en Scheveningen en 1881. ¡Un cambio de aires garantizado!

Placeres costeros a 20 minutos de Ámsterdam

Próxima etapa de mi recorrido: la hermosa Haarlem, que dio nombre al barrio de Nueva York, conocida por ser un destino de compras y cultura, situada a un paso de las vastas playas de Zandvoort y Bloemendaal aan Zee. Para la ocasión, reservo un albergue juvenil, Hello I’m Local, cuyo interiorismo fue diseñado por estudiantes de la escuela de diseño de Haarlem. Un lugar elegante y sobrio con algunos toques de color amarillo que alegran el ambiente, a un paso de numerosos cafés y pequeñas tiendas artesanales.

La playa de Zandvoort está conectada directamente con Ámsterdam por tren en aproximadamente media hora. Esto la convierte en un destino costero imprescindible para los habitantes de la capital, que aprecian sus kilómetros de arena blanca que se extienden hasta donde alcanza la vista. Por mi parte, prefiero ir a Bloemendaal, igual de majestuosa y un poco más natural. Aun así, la playa está bordeada por establecimientos culinarios, bares de alta gama y discotecas, de ahí su apodo de "Ibiza holandesa". Al caer la tarde, la playa cobra vida y la música se escucha hasta la orilla, con los pies en el agua. Si te entra un poco de hambre, siempre es posible encontrar en Bloemendaal algún puestecito donde comprar algo de picar. Pero ojo, aquí no hay chucherías ni buñuelos, ¡sino salchichas, raciones de patatas fritas e incluso cerveza!

Excursión por la naturaleza a lo largo del mar de Frisia

Después de pasar varios días recargando pilas y disfrutando de la hospitalidad de las grandes ciudades neerlandesas, decido poner rumbo a parajes más salvajes, a lo largo del mar de Frisia (Wadden), en el noreste de los Países Bajos.

Un destino insólito en los Países Bajos

Aquí, el paisaje cambia: las mareas moldean la costa, dejando tras de sí vastas zonas húmedas que son el paraíso de las aves. ¡Y de los turistas! De hecho, el mudwalking (caminar sobre el lodo) se ha convertido en una auténtica atracción en esta parte del país. Al igual que ocurre durante la marea baja en el Mont Saint-Michel, consiste en caminar sobre la arena mojada y el barro una vez que el mar se ha retirado; un paseo refrescante ideal para descubrir conchas y crustáceos. Incluso es posible cruzar a pie una gran parte del mar de Frisia, atravesándolo a vado, para llegar a una de las cinco islas neerlandesas de la región: Texel, Vlieland, Terschelling, Ameland o Schiermonnikoog. Por mi parte, me conformo con pasear sola y descalza en medio de estas extensiones pantanosas, respirando profundamente el aroma a sal y disfrutando del silencio del entorno, solo interrumpido por el grito de las aves, que se convierten en mi único público.

En el litoral, además de las tradicionales gaviotas, se pueden observar numerosos eíderes, reconocibles por sus tonos blancos y negros, así como largas hileras de barnaclas que se pavonean por la arena. Las bandadas de aves parecen bailar a veces en el horizonte, dando la bienvenida al amanecer o despidiéndose del sol poniente. Durante las épocas de migración, en otoño y primavera, ¡la población ornitológica llega a alcanzar los 12 millones de individuos! Muchas aves transforman la arena mojada de la costa de Wadden en una gigantesca guardería: aprovechan las grietas para que sus huevos eclosionen y sus crías aprendan a volar. Aquí, las marismas rebosan insectos y moluscos de todo tipo: ¡la comida está al alcance del pico! El ecosistema tan particular de estas zonas húmedas hace que el mar de Frisia sea Reserva de la Biosfera por la Unesco desde 1990. ¡En algunas zonas, dicen que incluso se pueden ver focas!

Las islas del mar del Norte

Más allá de las particularidades de su fauna y flora, la costa está salpicada de pequeños pueblos medievales y pintorescos como el de Holwerd, que es también el punto de partida del ferry hacia la pequeña isla de Ameland. Es un placer deambular por sus callejuelas empedradas, típicas, rodeadas de pequeñas casas de ladrillo alineadas que esconden pequeños tesoros de decoración tras cada una de sus ventanas.

Tras una noche reparadora, dejo el pueblo y tomo el ferry en dirección a Ameland. Después de 45 minutos de navegación, ya he llegado a buen puerto, a uno de los paisajes mejor conservados del mar de Frisia. Entre las altas dunas y las bonitas praderas, se encuentran pueblos cada cual más encantador. Un consejo si visitas la isla: alquila una bicicleta allí mismo para poder recorrer todos sus rincones, hasta llegar al faro principal, situado en el lado oeste, en Hollum, que data de 1880: ¡un auténtico viaje en el tiempo!

El buen tiempo persiste en este mes de julio de 2022, lo que me anima a darme un último baño de agua salada antes de emprender el camino de vuelta a la región parisina. Por desgracia, entre los diques, las marismas y los espacios protegidos, ¡hay pocos lugares para bañarse en la costa del mar de Frisia fuera de las islas! Así que termino yendo al bonito y colorido pueblo de Zoutkamp para disfrutar de su ambiente auténtico.

Y es que, ¿qué hay mejor que un plato de anguila a la parrilla, especialidad de la zona, para terminar el viaje?

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