Visitar el Templo Daishō-in: espiritualidad y calma en la isla de Miyajima
En las alturas de la isla de Miyajima, en Hatsukaichi, el Templo Daishō-in ofrece un respiro tranquilo y contemplativo, lejos del bullicio de las multitudes que acuden al famoso sanctuaire d'Itsukushima. Es un rincón menos concurrido, pero igual de profundo en historia y atmósfera.
Un centro neurálgico del budismo Shingon
Fundado en el año 806 por el monje Kūkai, también conocido como Kōbō Daishi, el Templo Daishō-in es uno de los más antiguos de la región. Pertenece a la escuela Shingon, una rama esotérica del budismo japonés.
El recinto se compone de varios pabellones dispersos por la ladera, conectados por senderos flanqueados por estatuas y molinos de oración. A cada paso se descubren nuevos rincones, desde pequeños altares hasta escaleras adornadas con mantras y jardines silenciosos. El conjunto invita a la meditación y a bajar el ritmo.
Un recorrido visual y sensorial
Al entrar, lo primero que llama la atención son los cientos de pequeñas estatuas de Jizō, protectores de los niños y viajeros, que lucen gorros o bufandas dejados por los fieles. El camino principal está flanqueado por ruedas de oración tibetanas: hacerlas girar equivale a recitar los sutras grabados en ellas.
El entorno sonoro también es particular. El tintineo discreto de las campanillas suspendidas, los cantos budistas de fondo y el susurro de las hojas acompañan a los visitantes durante todo el recorrido.
Un templo vivo y abierto
A diferencia de otros lugares religiosos que funcionan casi exclusivamente como atracciones turísticas, el Templo Daishō-in sigue siendo un espacio de culto activo. En él se celebran ceremonias con regularidad, especialmente durante festivales budistas como el Shingon Goma. Es posible asistir a algunas plegarias e incluso participar en sesiones de meditación o iniciación a la caligrafía.
Aunque es un lugar discreto, este templo goza de un gran respeto entre los japoneses, y la acogida suele ser cálida, incluso para los visitantes extranjeros que llegan desde fuera de Japón.
Los visitantes suelen pasar por alto el templo Daishō-in en la isla de Miyajima, en la bahía de Hiroshima. Sin embargo, se puede llegar en 15 minutos desde el santuario de Itsukushima. Lo increíble de este templo son los miles de estatuas de pequeños budas en posiciones cada cual más entrañable. Llevan puestos unos gorritos tejidos de colores. ¡Es imposible no encariñarse!
De la sala ennegrecida por las velas, con sus estatuas doradas y sus linternas, se desprende además una atmósfera espiritual muy especial. Les recomiendo encarecidamente este lugar gratuito y que todavía no está muy masificado por el turismo.