Visitar la Catedral de San Pedro
Como guardiana del casco antiguo que domina desde lo alto, la Catedral de San Pedro es una de las mayores joyas de Ginebra. Ha sobrevivido al paso de los siglos, no sin sufrir daños, y sus constantes restauraciones dan forma a un monumento que puede resultar desconcertante. Su arquitectura bebe de múltiples corrientes y, aunque es protestante desde 1535, las celebraciones ecuménicas la convierten en el templo de todos los ginebrinos. Es un emblema de valor histórico y cultural inestimable, reconocido en la lista de honor del patrimonio europeo. Sin embargo, desde la cima de sus torres hasta el subsuelo, esconde más de una sorpresa.
Un lugar de culto e historia singular
En el año 1158, todos los habitantes de Ginebra se unieron para levantar la catedral, que ya en 1288 se alzaba triunfal sobre su colina. Su silueta actual conserva la traza de la construcción original, a pesar de que los incendios y conflictos la transformaron radicalmente, sobre todo entre los siglos XIII y XV. Durante casi un milenio estuvo dedicada al catolicismo antes de convertirse en la principal iglesia protestante de la ciudad. Su pórtico neoclásico de 1756 da paso a un interior donde los capiteles románicos y góticos son testimonio de su pasado; de hecho, son los más extensos de toda Suiza. Los vitrales bañan de una luz especial el conjunto que, entre esculturas, ebanistería y herrajes, constituye una obra de arte en sí misma, aunque la sobriedad típica de la tradición calvinista es innegable, sobre todo en la nave central. La Chapelle des Macchabées (Capilla de los Macabeos), que data de 1411, cautiva por su estilo gótico flamígero. Aun así, el punto culminante de la visita no se encuentra en sus órganos, por muy notables que sean, ni en sus múltiples campanas. Hay que mirar hacia el cielo y, para ello, subir los 157 escalones de la torre norte. Una vista de 360 grados ofrece Ginebra y el lago Lemán en todo su esplendor. En el subsuelo, un sitio arqueológico con los vestigios de las iglesias anteriores del siglo IV y de la vida antigua completa un conjunto imprescindible.
No me entusiasma demasiado el exterior, que mezcla el estilo románico y el gótico con más o menos acierto. En cambio, puedes subir a una de las torres, hasta el campanario, y ver una bonita vista de la ciudad, el lago, el chorro de agua y las montañas.